Fragmento:
(...) Eran los días del auge, del apogeo, como la torrente lluvia en la cosecha luego de la seq


(...) De nuevo en la asquerosa calle cada uno tomó caminos diferentes e inciertos. El despertar a los 70s después de haber dormido tres años en el campo correspondía a la parte más abstracta del cuadro; tipos con cabello al estilo Elvis, pantalones acampanados de color blanco, zapatos de charol y camisas de colores que parecían la más vulgar sátira de la ropa psicodélica de la vieja década anterior. Lo cierto es que los 70s parecían un circo de los 60s. En los escaparates comerciales sonaba una música a la cual llamaban Disco y encontrar a un hippie en la ciudad resultaba una tarea imposible.
Por la noche ya cada uno había tomado su propio camino; la gente del Village volvió a Nueva York a buscar no sé qué y el resto se repartió entre California y Florida. Estábamos solos de nuevo vagando por la ciudad debajo de todos esos carteles luminosos de Coca Cola y Panasonic que parecían haberse reproducido indiscriminadamente en los años que estuvimos fuera.
Me sentía como la primera vez que me fui de casa aquel verano de 1963 después de acabar la preparatoria con mis viejos amigos de la infancia. Recuerdo que era la primera vez que fuimos tan lejos de casa sin nuestros padres y en el viaje también estuvimos en San Francisco parados, desolados, sin rumbo, en una esquina, tal vez en esta misma esquina en la que ahora me encuentro sentado junto a Carol y a mi hijo por nacer observando todo pasar delante de nosotros al ritmo de la canción “Dancing Queen”. Todo resulta tan extraño viéndolo desde esta esquina, creo que es domingo, sí, es domingo y de noche, ¿sabes lo que esto significa? -nada- no significa nada porque es domingo en la noche y nadie quiere saber, porque mañana será lunes y volverán a sus vidas autómatas y sin sentido. Vaya, he pasado 28 años de mi vida en América y aún me sorprendo al ver el rostro de un americano el domingo por la noche, mirada cansada, aburrida, no habla, no quiere hablar o tal vez sólo balbucea si se ve en la obligación de hacerlo, tampoco escucha, bueno eso es algo por lo que tal vez la noche dominical sea inocente ya que el americano nunca ha escuchado más que su propia voz y luego su voz y luego la suya nuevamente si es que aún le queda aire. Creo que la felicidad para el americano promedio sería vivir en un país donde todos, a excepción de él por supuesto, sean mudos.
¡Ahy, América mía, 28 años y no cambias! Será por eso que el mundo te ama, pequeña y sensual tirana. (...)